Es justificable el activismo para nivelar el desigual empoderamiento del varón en relación a la mujer, aunque también es muy criticable la forma de racionalizar o justificar ese desigual empoderamiento. Pero admitamos, también, que el varón arrastra, histórica y prehistóricamente la realidad de su empoderamiento, a base de colocarse y ser colocado en el vórtice de la violencia. El varón adulto, y a veces no tan adulto, ha sido el más reconocido para ejercer la guerra, la violencia; El masacrador se ha apropiado de esa «misión», aunque, también, ha sido el varón el mayormente torturado y masacrado (donde las dan, las toman) La insensibilización, para estas lites, apareció de manera reactiva y, por ende, las taras emocionales, las aberraciones conductuales y la «necesidad» de mostrarse duro e inflexible, La descripción de lo masculino como algo monstruoso se describe en su etiqueta.
Lo que el movimiento feminista obvió fue el «corazoncito» que el hombre, también, lleva dentro y debería haberse centrado, no solamente en la liberación de la mujer y en el papel social de lo femenino, sino también en la liberación del hombre de sus propias cadenas de furia y malevolencia, debiendo haber apostado, en primer lugar, por la redención del varón, victimario, pero también víctima. (Suicidios y asesinatos son mucho más frecuentes en hombres) La comprensión educativa tiene la obligación de reconocer la sensibilidad en el varón; el amor, los afectos, la ternura, las emociones, han de ser reconocidas y correspondidas. El derecho de la mujer a su empoderamiento pleno no puede dejar de lado el derecho del varón a la vivencia plena de su capacidad afectiva y emocional, de su capacidad para amar y ser amado, con lo que la violencia quedaría marginada definitivamente.
doctorpoeta
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