
En los seres humanos y, con mucha más vulnerabilidad en los confines de la vida, la estabilidad de la personalidad y la autoestima son inherentes al sentimiento de satisfacción y bienestar emocional derivados, sin duda, de la percepción de sentirse protegidos, de saberse amados de forma que, mantener ilusión por corresponder, por intercambiar, por no sentirse en soledad, les lleva a sobreponerse al derrumbamiento
El paciente terminal, con este soporte afectivo, no se siente estorbo, esperaría su final sin mostrar desesperación, con tranquilidad, e incluso con una sonrisa (me consta de ciencia propia). El manido motivo del “dolor insoportable” mueve conciencias, pero es ABSOLUTAMENTE controlable, requiriendo de protocolos de paliativos científica y deontológicamente experimentados. La morfina y otros opiáceos, más económicos, aplicados de forma aleatoria, presentan grave riesgo de desencadenar PARALISIS RESPIRATORIA, con pocas posibilidades de remontar.
En conclusión, desde mi forma de abordar esta realidad LA EUTANASIA NO TENDRÍA RAZÓN DE SER si, socialmente, se pudiera establecer una conciliación adecuada para que estas personas se vean siempre agasajadas y protegidas por los suyos y si, sanitariamente se establecieran suficientes unidades de paliativos dotadas de personal especializado, material y medicación adecuados para prestar esta delicada, preciosa y edificante asistencia.
Para mí está claro que aplicar la ley de eutanasia es una lamentable consecuencia tanto del fracaso social, como de una situación de precariedad sanitaria sujeta al economicismo.
Dr. Antonio C. Rodríguez Armenteros