
El pediatra debe reclamar, a gritos, el control de la pornografía para evitar su diabólico consumo, sobre todo en edades en las que comienza a forjarse la madurez y por lo tanto, muy vulnerables a la involución. Por su efecto adictivo, cada vez más, en progresión geométrica de frecuencia y laya, contenidos pornográficos más “coreográficos” y complicados; el joven, también el niño, consumidor se sitúa en zonas de alto riesgo de padecer conflictos de relación y de desatención de las principales actividades promocionales de su vida. Son constantes las reacciones de ansiedad, depresión, anhedonismo genérico (también sexual), somatizaciones y complejos de culpabilidad; o sea, un verdadero aquelarre.
doctorpoeta