
Expongo mi parecer, tras un cuidadoso análisis argumental, sobre las nuevas formas de entender el devenir de la sociedad, cuando menos extravagantes, incongruentes e inadecuadas y que, por ambición natural, deberían ser orientadas con rumbo fijo hacia la felicidad, es decir, hacia la vida saludable, edificante y fructífera. Sin embargo, es la deriva dogmática la que las arroja a lo inaudito; a veces, hacia lo incomprensible o absurdo y, siempre, hacia el desinterés o desprecio por la llana simplicidad, en todos los tiempos, equilibrada y estable.
La gratificación del logro dejó de ser un anhelo para convertirse en un supuesto incómodo y discriminativo; la gestión de la solidaridad distributiva desvía, claramente por ley, el objetivo de dar a cada cual lo que le corresponda, hasta el de «repartir» la parte alícuota de resignación (subvención) que, por “ciudadano igualitario”, se le vaya a adjudicar.
Deduzco que esta sensación de «no vivir a gusto», es consecuencia del agravio hacia el yo que, acoplado en el equilibrio que aporta el sentido común, reacciona poniendo en tela de juicio todos y cada uno de los modernismos intrusos que, cuando menos, quieren llevarnos a lo que denominan «catarsis» del pensamiento.
Paradójicamente, parece observarse en gran parte de la sociedad una especie de síndrome de Estocolmo, por el que se abrirían las almas a estos «disparates» hasta el punto de considerarlos auténticos, influyentes, e incluso necesarios: Es la debilidad acomodaticia de la psicología, en general de escaso potencial discriminativo, lo que explicaría la incomprensible aceptación de estos fenómenos sociales; lo denominado «políticamente correcto», tantas veces interesado e implementado con mal gusto, debería ser interpretado como un despreciable eufemismo elaborado desde lo sarcástico, absurdo e inexplicable y nunca como un ideario para «adecentar» la sociedad.
doctorpoeta
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