
En la discusión comunicativa no cabe ni el tono de debate, ni el talante de disputa. Primordiales son los argumentos razonados y la voluntad insobornable, entre las partes, de saber escuchar, hecho transcendental para la opinión, mucho más que las miradas de reojo y la argucia para ver quién engaña a quién.
Es perverso el “debate”, en el que cada oponente se esfuerza o se excita para demoler los argumentos del contrario, ridiculizando sus conclusiones (existen oponentes, pero no ponentes). Está ausente la razón y se montan estrategias de trilero, de vocero o de mentira. Falta la vital comunicación y, a mi entender, si ésta es libertina, toda perspectiva será fraudulenta .
En la dialéctica edificante, también elegante, no se trata de justificar con patrañas una opción ni de aniquilar al interlocutor; debe de haber disposición a aceptar cada uno su propia responsabilidad y deseo de cambio de opinión cuando la evidencia del argumento lleve a desenrollar el nudo del problema. ¡Pobre democracia representada por un elenco de jacobinos «listillos» para con ellos mismos!. Hasta ahora, desde su ilusionante instauración, ha proporcionado logros, aunque también decepción y tristeza, más enfáticamente, en momentos de zozobra. Está escrito en los anales de la Historia, que en estas situaciones no van a faltar “salvapatrias”, seductores y aranosos, que, como siempre, prometan maravillas y fabriquen decepciones.
Seguro que habrá alguien que me atribuya padecer el “síndrome del derrumbamiento cósmico”, pero, amigo-s, ¡no es patología, no!; es simplemente infelicidad, decepción y lo que, para mí, es más tremendo: preocupación por el futuro de los que vienen detrás, porque el que suscribe ya está por la labor de ir redactando un epitafio que resulte coquetón.
¡Que, hasta el sursuncorda, le «pille» confesado!
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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