
Apostado en la baranda,
y dando el día por perdido,
me quedé sorprendido
por la lluvia de estrellas.
Allende los sueños,
mi brazo, alargué
y un cometa cogí,
que guiñaba encendido.
Con pasión desperté
y por más que luché
y atraerlo hacia mí,
me abatió la ansiedad
y mi brazo cayó;
su fulgor se apagó
y nunca más, sonreí.
¿Cómo no se paró, mi desgracia,
a pensar,
que es sucinto, y penoso,
un prodigio?
doctorpoeta
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