
Beso cruel, de felicidad
fingida,
que, simulando dulzura,
fue una argucia, pura y dura
acolchada de embeleso.
Vi enterrado aquél encuentro
y la mortaja, sin duda,
fue mi vida, mi hacienda, mis
sueños…
Aunque viejo,
otra vez, se aproxima el
recuerdo
y, apostado en trincheras de
paja,
va cediendo el vigor de mis
miembros,
y se exalta el solaz de mi
espera.
La batalla,
prevista en invierno,
se presiente que empieza
mañana.
Es crucial defenderme del
beso,
y usaré material de defensa:
un embozo que cubra mi cara,
además, de un misil antiaéreo
doctorpoeta