UNO DE LOS REGALOS MÁS TRASCENDENTALES QUE YO PEDIRÍA A LOS REYES MAGOS, PARA INFANCIA Y JUVENTUD, SERÍA UNA BUENA EDUCACIÓN SEXUAL, PORQUE VA EN JUEGO SU FELICIDAD.

Para su definición, la educación sexual debe despojarse de toda clase de prejuicios y tabúes. Las actitudes de “eso no te interesa y ya lo aprenderás más tarde” inducen, a los no formados, a la sospecha de que, “de algo malo se trata”, demonizando, no sólo la cuestión biológica de la sexualidad, sino también su componente anímico, despertando con frecuencia, complejos de culpabilidad ante el despertar de un sentimiento, biológicamente necesario, éticamente pulcro y anímicamente constructivo.

Toda forma de docencia ha de pretender unos objetivos y creo, que el interés primordial debe de centrarse en el de “preparar para el amor” incluso para su acepción más poética.

El momento idóneo para empezar a educar es algo impreciso, al no existir idoneidad equiparable en todos los niños. La curiosidad les motiva la pregunta y en la respuesta adecuada, en mi criterio, radica el abordaje seguro del primer escalón. En un ambiente de desarraigo familiar es imposible que se pueda establecer una educación sexual adecuada, porque a pesar de un pretendido encubrimiento, deja huella en los niños, por cierto muy suspicaces, que la educación sexual lleva implícito el adiestramiento para la vida en pareja y en su casa, esa vida colectiva no deja de ser, en muchas ocasiones, insoportable, por lo que el factor “educación” es denostado por quien tiene que ser “educado”.

Las actividades de educación sexual deben ser acicates para la confianza de quienes van a aprender y lograr espontaneidad y franqueza en las preguntas; la solución a problemas personales, resolución de malentendidos o desmontaje de las “tesis distorsionadas” de lo aprendido desde el rumor o la calle, han de estar siempre en su punto de mira.

doctorpoeta

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