
Me despierto
y, en tus facciones, aún dormida
veo clamor de asentimiento:
¡eres tan mía!;
Y tu ofrenda no fue ensueño;
no forzaste simular tu sentimiento,
ni cediste compasiva ante
mi ruego;
porque, al fin,
mi pregunta vio respuesta:
fue tu sonrisa, sin más,
en la paz de tu silencio,
quien, dulce, me convenció
de tu amor limpio y sincero.
Surcamos por alta mar,
para cruzar el trayecto,
sin saber qué quedará:
podría ser un poco más
o, tal vez, un poco menos
pero el rumbo ha de aguantar
¡tú, afanada en el timón;
yo, tu leal marinero!
doctorpoeta