
¡CLAMO A DIOS!
No hay visos de claridad,
ni siquiera un claroscuro,
y va rebosando mi hartura.
De vez en cuando decido,
por la sarta de mentiras
arrimarme a alguna luz,
pero salta el contador
por impago de factura.
¿Cuántas veces me pregunto
por qué el primor, que fui yo,
es ahora, de repente,
un despreciable guiñapo?
No hay respuesta, ni la espero
y resbala la pregunta
por el vil atolladero.
Poned el grito en el cielo:
¡Contra humillación, vacunas;
la primera dosis ya
y las de recuerdo, luego!
doctorpoeta
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