
¿Pudiera ser sostenible un sistema económico global, cuyo motor principal fuera la idealización del optimismo, liberada la convivencia del fraude y de la argucia? Sí, pero ha dejado de interesar.
Carece, en mi opinión, de cualquier objetivo de prosperidad la felonía de obligar una vez anulada la competencia, el consumo de productos de convencional calidad y de fecha de caducidad cada vez más próxima. La insensatez, banalizada y astutamente utilizada, va desplazando a la coherencia de un consumo voluntario, racional, previsor, ahorrativo y de calidad.
Los monstruosos hobbys persiguen, conseguida la monopolización productiva, engrosar de manera exponencial la cuenta de resultados; tanto que podría llegar el momento, si alguna corriente antagonista o el hartazgo social no lo remedian, que “no nos quede otra” que consumir la exclusiva producción de esta “industria benefactora”, como ya se está haciendo evidente.
doctorpoeta