
El ritmo alocado del funcionamiento social supone una seria amenaza para fomentar la vinculación madre-hijo, que es el principio más antiguo e ineludible para el buen desarrollo, físico y mental, del ser humano. Las abrumadoras demandas sociales pueden ocasionar que la atención del niño quede incorporada a la rutina habitual, llegando a considerarse como una cosa más que hay que hacer y, al mirarlo de reojo, dando por supuesto una y otra vez, que “el niño está bien”.
La situación se hace particularmente alarmante cuando la pobreza, la delincuencia y/o drogadicción, intoxican el hábitat en el que los niños se desarrollan. También va en aumento la reproducción en adolescentes, demasiado jóvenes para asumir el significado, el valor y las necesidades de un niño pequeño.
Corresponde al pediatra tratar de reivindicar la tradición de los cuidados del niño y, a la Administración, facilitar programas de apoyo a fin de proporcionar a estas criaturas un amor y un cuidado uniforme y fiable.
En una sociedad avanzada, los niños deben ser el centro de interés y, nunca, considerarlos «un coñazo».
Dr. Antonio C. Rodríguez Armenteros
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