Te ofendí en el cautiverio;

lo hice, aunque no fui yo:

fue una vejación impuesta,

un chantaje aterrador,

contra tu limpia existencia.

Fue muy dulce aquel momento

que incoaste tu perjuicio

concediéndome el perdón;

contundente absolución,

sin exigir penitencia.

Me refugié en tu defensa

atraído por tus brazos,

protegido por tu amor

para volar por tus sueños

de triunfo y fascinación.

doctorpoeta

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