¡Nunca calle el corazón y le dejen denunciar
la inercia, tan clandestina,
como inane y egoísta.
No a la cínica actitud, de quien se “lava las manos”!
Se me deje libertad para avanzar por la vida
y adherirme, con pasión, a sus mil expectativas.
Se me deje seducir, por los mitos de sirena
y zambullirme, anhelante, en el mar de la
sorpresa.
No me consuelen, jamás, estos trances blasfemos;
no, a los idilios malditos; no a aquel castillo de arena,
que, entre niños, se despieza.
Se me ayude a deslatar el cierre de mi condena.
Me acompañen, como hilo musical,
las bellísimas canciones que mis cantos
rememoran,
para alejar el murmullo del dislate y la ansiedad…
¡En estos tiempos de afrenta,
es una anhelante la gracia que «merece merecer»
el simpar doctorpoeta!
