EL MANÁ DEL ACOMODO O EL «SENTARSE A VERLAS VENIR»
Le aseguro que la publicación, a la que amablemente responde, está firmada por la exclusividad de mi pensamiento.
Comparto su alegato a la esperanza, aunque en mi opinión debe ser tratado con matices que considero imprescindibles. Si cree que veo mal el panorama no significa que padezca el «síndrome del derrumbamiento cósmico» y, por supuesto, que su aludida «llamada a la esperanza» está más que reflejada en mis escritos. Discrepa de mi denuncia, cuando reclamo que deben tener cabida en un lugar de la existencia, no sólo la esperanza, sino también la lealtad, la lucha contra la asquerosa realidad y la atención a quienes precisan de los demás. Personalmente vivo pendiente de ese mítico espacio que, debiendo estar pletórico, tristemente se percibe desocupado, salvo por la «pachorra de asomarse a ver qué pasa». Claro, que la diferencia entre las tesis que, ambos, defendemos estriba en un enfoque con distinta óptica: hasta donde yo llego, lo negro no puede ser blanco, aunque se quiera blanquear. Soy un enardecido activista contra la resignación, porque los hechos aun siendo como son, con el empeño, podrían ser modificables. «Mantener la esperanza» es un tópico de enunciado fácil, pero que debe llevar implícito el, no menos tópico, «tener que atarse los machos» no ya para permanecer a la espera, que también, sino para intentar llegar al brindis y celebrar la llegada de lo esperado. Por sus reproches, inanes a mi modo de ver, deduzco que en su hábitat, lo blanco y lo rosa predominan. ¡Si Ud supiera lo que, pareciera, no querer saber!
Muy afectuosamente