
YO PEDIRIA A LOS REYES MAGOS, PARA INFANCIA Y JUVENTUD, UNA BUENA EDUCACIÓN SEXUAL.
Para su definición, la educación sexual debe despojarse de toda clase de prejuicios y tabúes. Las actitudes de “eso no te interesa”, “eso ya lo aprenderás más tarde” inducen, a los no formados, a la sospecha de que, “de algo malo se trata”, demonizando, no sólo la cuestión biológica de la sexualidad, sino también, su componente anímico, despertando, con frecuencia, complejos de culpabilidad ante el despertar de un sentimiento, biológicamente, necesario, éticamente pulcro y anímicamente, constructivo.
Toda forma de docencia ha de pretender unos objetivos y creo el interés primordial, debe de centrarse en el de “preparar para el amor” incluso para su acepción más poética.
El momento idóneo para empezar a educar, es algo impreciso al no existir idoneidad equiparable en todos los niños. La curiosidad, les motiva la pregunta y, en la respuesta adecuada, en mi criterio, radica el abordaje seguro del primer escalón. En un ambiente de desarraigo familiar es imposible que se pueda establecer una educación sexual adecuada, porque, a pesar de un pretendido encubrimiento, deja huella en los niños, por cierto, muy suspicaces, que la educación sexual, lleva implícito el adiestramiento para la vida en pareja y, en casa, esa vida colectiva, no deja de ser, en muchas ocasiones, insoportable, por lo que, el factor “educación” es denostado por quien tiene que ser “educado”.
Las actividades de educación sexual deben ser acicates para la confianza de quienes van a aprender y lograr espontaneidad y franqueza en las preguntas; la solución a problemas personales, resolución de malentendidos o desmontaje de las “tesis distorsionadas” de lo aprendido desde el rumor o la calle, han de estar siempre en su punto de mira.
Dr. Antonio C. Rodríguez Armenteros
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