SALVOCONDUCTO

¡Irrumpiste con la enseña

de tu asombrosa belleza

y el recinto, enmudeció!

Hacia ti fue mi mirada

en avance explorador;

noté que te diste cuenta

y esperé en la retaguardia

vigilando tu reacción.

Con un guiño me indicaste

que cedió tu corazón

y, apresado con suspiros,

tu alma, dejaste abierta

y, a latidos, entré yo…

Después de pactarlo a besos,

el rico botín de guerra

lo compartimos los dos.

doctorpoeta

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