
Aguarda sin prisas, mi vida;
a diario me buscas
a través del cristal empañado
de ventanas cerradas
pero, sólo adivinas
el albor que resalta la nieve,
de la cumbre nevada.
Arrogante, ella irrumpe,
entre nubes de gris y de vaho,
esparcidas con polvo remoto
de una estrella lejana.
Al confín, la blancura
se impone;
el cristal desempaña
y refulge fugaz,
a la efímera luz de un suspiro
que, de un sueño, se escapa;
y en tan solo un segundo,
se ilumina la senda
de amores
por la chispa que escapa;
la concordia se prende,
los anhelos calientan
y el hogar y la leña,
tendrán llamas y ascuas.
Ya sin frío y sin inercia,
transparente el cristal,
el poema nos quiere llevar
a un alarde de fiesta,
donde tonos
en verde esperanza
y el rubí de una rosa temprana,
por la senda que ahora
está abierta,
te honrarán, al llegar…
¡Fue tu triunfo, mi dueña;
buenas noches, princesa!
Antonio C. Rodríguez Armenteros
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