Para saber que la tristeza corrompe, enturbia, daña, asola, envilece, pesa y huele, basta con abrir la puerta de la calle, cada mañana, sin afeitar, andrajoso y con la calderilla justa para volver con churros; nunca con un billete de 50 con las registradoras, aun, sin cambio.
No tanto si a mediodía, me dejo caer por el mercata, donde el insumiso billete de 50, me va a abandonar, con toda seguridad. ¡Llevaré alguno más, por si acaso!
@doctorpoeta