El frío mármol de la alcoba,
refleja el osado rayo de luz,
que acude por la ventana.
Confundida en el tiempo,
reza, dormita y se queja,
la abuela.
Sonríe y balbucea amenes
y salves.
De su memoria entablillada,
se disipan recuerdos;
el temblor de sus dedos,
curiosea,
estampas y retratos
deslustrados,
por rosarios y añoranza.
Abre y entorna los ojos;
ante su atávico altar,
sobre la mesa camilla,
sonríe, reza, balbucea
y el trémulo pañuelo
seca la queja de sus ojos.
Sonríe, reza y balbucea
y el eco del ritual
queda atrapado
en las cuatro paredes
de su existencia.
Sonríe, reza y balbucea
y la templada claridad,
se atenúa
en el vaho del cristal.
Y el destello alicaído,
desde la loseta,
descubre
su sardónica sonrisa
y la desdicha gris,
de las bolsas de sus ojos.
Otrora,
entre gloria y averno,
fluctuaba su emoción;
¿Tras aquellos embates dantescos,
se reanimó la ilusión?
¿Fue sincero su deleite,
en escenas de dicha?
¿Volteó el envés, con vigor
o fue hiriente su desidia?,
La respuesta, incontestable,
queda flotando en el aire
y el dictamen del recelo
toma rango de sentencia:
Cuando la luna se asoma a la tarde,
amenaza una tormenta
y desde el poniente, rendido,
una lánguida luz,
avivada por relámpagos,
émula de la tramoya,
deja entrever
la penumbra de su risa,
de su rezo y de su queja
y se arroga, con descaro,
el buen montaje de escena
de la gran tragicomedia”.
doctorpoeta