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“Aplacaré el temporal con el dique de mis versos y resistiré a la impostura  del tiempo, hasta que el arco iris seque las lágrimas del nubarrón y, rezume la esperanza en la limpia nube blanca”.
¡Déjame jugar contigo, Omran!
porque, mirando  tu cara,
untada de barro y sangre,
ha de mudar tu semblante,
de estupor por  tanta infamia;
por la soledad , el hambre
 y su agravio miserable;
por tu  insomnio y pesadilla
por el  trance inenarrable.
Tus ojos, de espanto, claman;
uno, en alerta, se abre;
y el otro dejas cerrado
para cegarlo al desastre.
Lacio y tupido cabello,
deflecado por el aire
y engrasado en la carrera,
de polvo, guerra y suciambre.
Déjame jugar contigo.
Bien peinado y rostro afable,
alcanzaremos la nube,
mucho más pronto que tarde;
felices, acamparemos,
dónde no hay bombas
ni  duelos,
ni emboscadas, ni masacres;
donde asombran tus paradas,
que hacen, el gol, evitable;
dónde el puzle, has completado,
sin que te ayudara, alguien;
dónde, en  tren o en aeroplano,
viajamos a mil lugares,
provistos en el bagaje
de instrumentos musicales,
algún soldado de plomo
y un mecano, desmontable.
Te deportaré a la infancia,
tras tu exilio irrazonable;
te llevaré, en patinete,
con tus hermanos y padres;
para el horario lectivo,
tu pupitre está en la clase;
vas a aprender a soñar;
que, hasta ahora, fue impensable.
En materias  del pesar,
¿cuánto sabes?
¡ Más que nadie!
Tejen hilos de algodón,
 besos de brisa suave
que, al ensueño, aromas traen
cuando la ilusión renace.
Dormido y cuando despierte,
yo seré fiel vigilante
y ferviente, pediré,
que, jamás, el viento cambie.

                doctorpoeta


Antonio C. Rodríguez Armenteros
16/12/2017
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